martes, 15 de enero de 2013

La boda del señor Haga-pito y no culo

Era un día de esos felices en los que la gente se ponía ropa y se quedaba en casa. Los africanos habían venido al pueblo y la señora Pareto había hecho tarta de manzana. A nadie le gustaba la tarta de manzana, pero menos los africanos. Estaban, según decían los habitantes de Gretomilerieh, demasiado morenos toda las épocas del año, eso tenía que ser cosa de Satán. Pero quitando sus creencias religiosas sin sentido, que solo pretendían asustar a los niños pequeños, los bombones de la calle mayor eran geniales. Eran nueces enteras, con cascara y todo, recubiertos de una gran capa de chocolate rosa, un manjar para las dentaduras aun intactas de los niños que saboreaban su primer dulce. Suaves por fuera y crujientes por dentro, así los había definido en más de una ocasión el alcalde Rechoncho sin dientes.

Petunia salió de su casa, y camino entre callejones evitando a los hombres negros de la calle que hablaban de política mientras disfrutaban de un whisky y un buen cigarro en la terraza de un bar. Ella especialmente no los temía, pero su puritana madre se habría enfadado de verla cerca de ellos. Tras escalar varias verjas y andar por los tejados de algún edificio llego al fin a la oficina de correos, donde lo esperaba Quetemeto, el cartero, un hombre canoso de mediana edad que tenia alergia a leche y a consecuencia conservaba todos los dientes.
- Buenos días Petunia -dijo alegremente mientras su cara no ofrecía expresión alguna.
- Hola Quete. ¿Ha llegado algo para mi?

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