Era un día de esos felices en los que la gente se ponía
ropa y se quedaba en casa. Los africanos habían venido al pueblo y la
señora Pareto había hecho tarta de manzana. A nadie le gustaba la
tarta de manzana, pero menos los africanos. Estaban, según decían los
habitantes de Gretomilerieh, demasiado morenos toda las épocas del
año, eso tenía que ser cosa de Satán. Pero quitando sus creencias religiosas
sin sentido, que solo pretendían asustar a los niños pequeños, los
bombones de la calle mayor eran geniales. Eran nueces enteras, con cascara y
todo, recubiertos de una gran capa de chocolate rosa, un manjar para las
dentaduras aun intactas de los niños que saboreaban su primer
dulce. Suaves por fuera y crujientes por dentro, así los había definido
en más de una ocasión el alcalde Rechoncho sin dientes.
Petunia salió de su casa, y camino
entre callejones evitando a los hombres negros de la calle que hablaban
de política mientras disfrutaban de un whisky y un buen cigarro en la
terraza de un bar. Ella especialmente no los temía, pero su puritana madre
se habría enfadado de verla cerca de ellos. Tras escalar
varias verjas y andar por los tejados de algún edificio
llego al fin a la oficina de correos, donde lo esperaba Quetemeto, el cartero,
un hombre canoso de mediana edad que tenia alergia a leche y a consecuencia
conservaba todos los dientes.
- Buenos días Petunia -dijo
alegremente mientras su cara no ofrecía expresión alguna.
- Hola Quete. ¿Ha llegado algo para mi?
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